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Videntes y tarotistas - Diego de Araciel

Habría mucho que decir sobre Diego de Araciel, creo que es una persona que sería bueno que no cayese en el olvido.

Con esta intención voy a transcribir la entrevista que apareció publicada en la revista Enigmas (nº 06, año VII, junio de 2001), que a su vez está tomada de la entrevista originariamente publicada en le revista Espacio y Tiempo allá por 1991 (¡cómo pasa el tiempo!).

Jimenez del Oso entrevistando a Diego de Araciel en su consulta

La entrevista fue realizada por el Doctor Fernando Jiménez del Oso, que tristemente falleció el pasado mes de marzo de 2005 en Madrid, sin duda se le echará de menos, ya que su muerte nos deja sin una de las personas que más contribuyó a la difusión y objetividad en todo lo relacionado con lo paranormal en España.

Una pequeña muestra de ello es la siguiente entrevista.

Diego de Araciel con su simpático gatito ^_^

 Fernando: [ introducción ]

Diego: Fui un niño inseguro, enfermizo... un niño con unos grandes traumas. Además el ambiente en casa no era muy bueno. Entonces no se hablaba, como ahora, de divorcio, pero había una tensión que yo captaba perfectamente. Creo que todos los niños se dan cuenta cuando entre sus padres no hay avenencia. Los niños son muy sensibles; no cabe duda de que hasta los 7 años de edad todos tenemos algo de videncia. Pero también hay una cosa curiosísima: casi todos los grandes videntes se han dado un fuerte golpe en la cabeza. Ahí está el libro de Sir Arthur Conan Doyle, en el que se hace un estudio muy completo de los más famosos de la época y todos habían sufrido grandes golpes en la cabeza.

 Fernando: ¿tú también [te diste un fuerte golpe en la cabeza]?

Diego: Si, tremendo. Debía de tener entonces 12 años y medio. Estaba columpiándome de la cuerda que colgaba de una viga. No sé como vivo en este momento. Estuve tres horas sin conocimiento. Ya antes tenía algo de videncia, pero después de ese golpe empecé a ver tremendamente. En esa época estaba enfermo y me pasaba mucho tiempo en la cama. Yo tenía un dormitorio que se comunicaba por una puerta de cristales con un saloncito medio abandonado. En la puerta faltaba el cristal del centro.

Aquella puerta fascinaba al pequeño Diego. En cuanto sus padres salían de la habitación, por el hueco donde faltaba el cristal, asomaba el rostro de una mujer siniestra.

Era una mujer fea, de unos 50 años. Para mí, a la edad que tenía entonces, una mujer de 50 años era algo así como la madre de Tutankamón. Iba vestida de negro y tenía la cara curtida, arrugada, parecía una campesina. Su rostro me impresionaba. El triunfo, la satisfacción que se le notaba al ver mi terror era verdaderamente sorprendente. Yo entonces me ponía a gritar. Unas veces venían mis padres y otras no. Cuando no venían, aquella mujer entraba en la habitación, se sentaba en el borde de mi cama y me miraba con una burla y un desprecio inauditos. No hablaba conmigo, pero su rostro era sobradamente expresivo: reflejaba desprecio y odio claro. Pero no era la única. También venía una viejecita adorable, con gafas de montura de oro, que, cuando yo estaba muy enfermo, se sentaba en una butaca junto a la cama y se ponía a hacer punto. Era una entidad muy dulce; me miraba con un gran amor. Esa no me asustaba, pero la otra... Ahora vuelvo a ver ese tipo de entidades. Desde hace dos años, tengo días que me siento tremendamente cansado. En esos días es extraño que no reciba alguna de esas visitas.

 Fernando: ¿Recuerdas como empezaron tus videncias?

Diego: En el Madrid de los años veintitantos no había más distracciones que el casino y las cenas 'a la americana'. Papá solía dar un paseo conmigo para que me fuera fortaleciendo. Aquel día me llevó al Casino, a recoger unos boletos para una cena con baile que iban a dar. Al subir por la escalinata de la derecha, bajaba un hombre alto, muy moreno, con la nariz un poco aguda y el pelo totalmente gris, que se paró a hablar con papá. Cuando se fue yo le dije: 'papá, ese hombre se va a morir'. El me respondió: 'no digas tonterías. Además, no se dice "este hombre", se dice "este señor"'. En casa se comía generalmente a las 2 en punto. Había manteles almidonados y una gran sopera blanca en el centro. Era como un rito. Pero un día, al poco de eso del casino, papá tardó en venir, lo que era muy raro. En vez de llegar a las 2, llegó casi a las 3: había muerto un amigo suyo.

Yo estaba jugando con un tren horrible, de esos de hojalata, con gente asomada a las ventanas. Dije: "¿Era aquel señor (estuve a punto de decir "¿era aquel hombre") del casino?". Entonces noté por primera vez lo que luego he notado muchas veces: una mirada de desagrado. Él le dijo a mi madre: "Es verdad, tu hijo dijo el otro día que se iba a morir". Entonces los dos me miraron con el mismo desagrado.

 Fernando: ¿Qué tal te fue en el colegio?

Diego: ¡Fatal! Me expulsaron de todos los colegios. Entre que faltaba mucho por enfermedad y que luego era enormemente tímido... Me sentía muy desgraciado. Me daba claustrofobia en cuanto cerraban las puertas del aula. No quería estar ahí y me escapaba.

 Fernando: ¿No tenías amigos?

Diego: No. Recuerdo que me escondía detrás de una cómoda, en un cuarto trastero, y allí hablaba solo, me contaba cuentos a mi mismo. Yo creo que la soledad fue estimulando mi imaginación. La soledad y las largas temporadas que pasaba enfermo.

El tiempo fue pasando y Diego se transformó en un adolescente larguirucho al que pronto se le abrieron las puertas de otro mundo menos traumatizante y más sugestivo.

Fue mi tía Antonia la que me puso en contacto con el espiritismo. Ella me llevó a una fundación carolingia de espiritistas franceses. Daban cursos con traducción simultánea. Estuve yendo mucho tiempo, pero muy pronto empezaron a pasar cosas importantes.

 Fernando: Entonces, ¿el espiritismo te interesa?

Diego: Si, toda la vida. Mira, tengo enmarcada una fotografía de la tumba de Allan Kardec. La miro cada mañana. Han pasado ya 110 años desde su muerte y aún está siempre llena de flores. El dijo: 'Nacer, morir, volver a nacer... progresar siempre. Esa es la ley'. Cuando me preguntan en muchas entrevistas si soy un dotado, un paranormal, yo respondo humildemente: 'espiritista'. Esa es mi fuente. Siempre lo he dicho: 'me concentro, pienso en una cosa... y, a través del espiritismo, se hace'.

 Fernando: ¿Cuándo empezó tu actividad profesional como vidente?

Diego: Fue al poco de terminar la Guerra Civil. La responsabilidad fue en parte de Isabel de Borbón y Borbón, hija de los duques de Sevilla, otra gran amiga mía; también una vidente maravillosa, una Acuario. Con el final de la guerra, la mayoría del país nos habíamos quedado muy mal en lo económico. Ella me dijo: 'Mira, Diego, ¿por qué no abres un gabinete de consultas? Nosotros te vamos a mandar gente, no te preocupes'. Instalé el gabinete en Meléndez Valdés 6, esquina a Vallehermoso. Tenía que abrirse un uno de mayo, pero, por las obras, se retrasó un día. Ese dos de mayo tuve tres clientes, las tres buenas amigas. Luego empezaron a venir y... hasta hoy, que ya es angustioso. Llaman hasta 300 personas diariamente. Ya es imposible... Hay veces que estoy tan nervioso que hasta contesto mal.

 Fernando: ¿Cómo se produce tu videncia?

Diego: A veces entro en un sueño 'hiperlúcido' y surge. Es contra toda lógica. Por ejemplo: me viene una señora muy abatida y me dice: 'Me dejó mi marido hace 5 años. Me siento muy sola y muy cansada. Yo no sirvo para ir a un bar y hacer amistades. Más valía la pena que me muriese'. Y yo le digo: 'no se preocupe, que su marido vuelve'. Se lo digo porque lo he visto. Y, contra toda lógica, vuelve. La videncia es así. Con mucha frecuencia, lo que captas es algo absurdo; sin embargo, se produce.

 Fernando: Y, cuando dices esas cosas, ¿de dónde te viene la información?

Diego: Mira, una voz que se refleja aquí. Eso es lo curioso: no lo oigo en la cabeza, sino aquí, en el plexo solar. No siempre. A veces es distinto, son presentimientos. A lo mejor en el momento de despedir a la persona. Cuando tengo una de esas videncias y estoy de pie, es como si me faltara apoyo, como si me faltaran las fuerzas. Lo del padre de Julio Iglesias, fue igual. Una semana antes de que apareciera, yo le vaticiné que sería el 17 de enero, cerca de Burgos. Se publicó en un periódico. Luego, cuando apareció, la 'Hoja del Lunes' dijo: 'El vidente acertó de nuevo'. Hay muchas cosas que no pueden publicarse, pero recibo con relativa frecuencia consultas de ese tipo.

 Fernando: Veo que tienes también una bola de cristal y un mazo de cartas. ¿Los utilizas?

Diego: No son imprescindibles, pero me ayudan. Las cartas son como el armazón de hierro de un edificio; sobre ellas edifico la videncia, veo los matices, los detalles. Pero me puedo pasar sin ellas. En una ocasión, en una casa de campo, no me había llevado los naipes, y me arreglé utilizando siete y ocho guijarros. Yo creo que mirando las cartas, o lo que sea, me provoco como una autohipnosis. Hay veces que estoy cansado y reposo en ellas: me van creando imágenes, visiones, y sin que me de apenas cuenta, surge la videncia. En ocasiones es con una gran fuerza, como en el caso de las muertes, que me asustan. Son hechos tan concretos, tan evidentes, que deben estar escritos con letras mayúsculas en el archivo akáshico.

 Fernando: ¿Ves imágenes también?

Diego: Veo muchas imágenes. Mira, esto de taparme los ojos con las manos es un gesto muy mío. A veces, al separar las manos, veo, por ejemplo, a una persona. Una vez, estando con un amigo, él me notó nervioso. Me preguntó: '¿Qué te pasa?' 'Nada -le dije-, que estoy viendo a una señora muy guapa apoyada en tu hombro, bajita, vestida de negro, y con parte de la cara quemada'. Se llevó un susto terrible, porque le estaba describiendo exactamente a su madre.

 Fernando: Y esa capacidad, ¿la controlas o surge espontáneamente?

Diego: Si, la puedo provocar. Hay veces que, por la importancia social de la persona que va a venir, o por cualquier otra razón, tengo que quedar maravillosamente. Entonces, esa tarde no trabajo, descanso dos horas y tomo un té muy cargado. De esa manera tengo una videncia aterradora.

 Fernando: ¿Por qué problemas suelen venir a consultarte?

Diego: Pues mira, me hablan mucho de amor. Eso me conmueve. Aunque sea una señora de 70 años, no se queda contenta si no le dices que cuando era joven había una persona que la amaba. Los hombres, generalmente, vienen a interesarse por lo económico. Vienen muchos banqueros y empresarios. Luego hay un grupo adorable, lleno de ternura: son personas que no han vivido grandes romances, u sueñan. Son mis grandes amigos. Tienen unas ilusiones inacabables. A lo mejor, pasan de los 60, pero, como no tienen hijos, no se dan cuenta de su edad, no tienen al lado alguien que les recuerde cómo pasa el tiempo. A las solteroncitas las quiero de una manera que no te puedes imaginar. Y entonces, ¿sabes lo que hago? No debiera hacerlo, lo sé, pero les fomento esas ilusiones. Lo necesitan para llenar su vida. Si les quito esa ilusión ¿qué les doy a cambio?

 Fernando: Y cuando ves la muerte, ¿qué dices?

Diego: Avisarlo, pero de una manera vaga. Por ejemplo, le digo: 'parece que su marido tendrá un gravísimo accidente en septiembre, o, todo lo más, en octubre'. El otro día me vino una señora. Al final de la consulta me enseñó la lengua '¿usted cree que será algo malo?' Yo me quedé...La tenía negra. Había visto su muerte próxima y por un cáncer. Le dije: 'no sé, vaya sin falta al médico'. En fin, cómo iba yo a decirle... Si se lo digo, se me muere la pobre allí mismo.

 Fernando: Entonces, ves cosas, como la muerte por ejemplo, que son indefectibles, fatales. ¿No es así?

Diego: Si es la muerte, yo veo que esa persona no tiene remedio. Se ve sin ninguna duda. Si me enseñan la fotografía de una persona que ha muerto, veo una niebla gris y detrás: nada. Pero si no está muerta, si hay alguna posibilidad, entonces se ve detrás. Además, siento una extraña sensación de optimismo si el problema se va a solucionar. Si estoy viendo una vida que es muy conflictiva y no siento angustia interior, es que eso se va a arreglar. Por el contrario, si siento una gran sensación de agobio, un peso en la cabeza, es que eso no tiene solución.

 Fernando: ¿La moraleja?

Diego: En otros temas no es así, el futuro no está totalmente hecho, ciertas cosas las podemos cambiar. Lo kármico es imposible modificarlo, pero las consecuencias de una enfermedad, por ejemplo, se pueden evitar, porque no son kármicas. Ahí está el caso de Anna S., que alargó su vida hasta los 90 años, estando desahuciada dos veces: a los 15 y a los 30.

 Fernando: Y, respecto al futuro del Mundo, ¿qué piensas?

Diego: Pues mira, las grandes guerras ya están desterradas para siempre. Lo que si creo es que Nostradamus estaba en lo cierto; entre otras razones, porque no se equivocó nunca. En el año 1999 habrá una gran catástrofe. Aunque yo pienso que no será exactamente en ese año, sino en el 2003. No me refiero al fin del Mundo. Me refiero a un terremoto grande, a una catástrofe colosal. Sin embargo, yo pienso, no sé por qué, que será en el 2003. El terremoto final, el grande, empezará en las costas de Florida, en San Diego, en toda esa parte de California. Toda la falla de San Andrés se hunde. También será peligrosísimo para Perú. Y para Chile. Ese final también afectará a Europa. Rumanía la veo amenazadísima. Italia también queda casi totalmente destruida.

 Fernando: Y España, ¿cómo se verá afectada?

Diego: Hasta Albacete. Valencia, Murcia y las Baleares prácticamente desaparecerán. Según lo que yo creo, el mar podría llegar hasta Albacete. El terremoto entra en la península por Granada.

Diego de Araciel en su consulta

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Autor: Nacho Vidal - Volver al inicio - Derechos de copia - Contacto